Cuando niño, estando en Cobquecura, me caí de golpe de mi triciclo azul. No hubo lágrimas. No. Lo que sentí más bien, fue una decepción. Esa que sientes al no ser capaz de hacer algo bien. Lo que antes salía perfecto y luego, inexplicablemente sale mal.
Me paré del suelo, limpié mi rodilla de la sangre mezclada con tierra y volví a montar mi triciclo.
Eran buenos tiempos. La playa le venía bien al color de mi piel, luego de vivir ahí 7 hermosos años, de golpe, mi padre nos llevó a vivir a un pueblo del interior que no tenía ni río. Fue horrible. Perder a los amigos, a las niñas que te gustan, los aromas, las calles, las frases, todo de golpe. Eso es imperdonable.
Pasé 6 largos y aburridos años en ese pueblito, sin cines ni videoclubes, con bibliotecas para la vergüenza ajena y sin disquerías. Luego fui a caer a un caserío en las afueras de Chillán. A la casa de mis abuelos. Heredada por mi padre y a la que nos fuimos a vivir cuando murieron mis tatas. Un nuevo golpe a mi vida social. Ahí me rendí. Renuncié a todo contacto con la "gente nueva". Ya me tenía harto partir de cero.
Pero la soledad es mala consejera. Hice amigos en el colegio, en la enseñanza media. Aún los conservo. Son buenas personas los chillanejos.
Nuevamente mi vida cambió de golpe al irme a vivir solo a Concepción. Fueron años maravillosos. Los 5 mejores de mi vida. Casi todo lo que soy se lo debo a Conce. Encontré mi estilo, mi voz propia, mis lugares, mis amores, mi equipo de fútbol. Esa ciudad llena de mística, terminó siendo "mi ciudad".
Pero vendrían más golpes, tal vez los más duros. Llegué a Santiago.La peor ciudad en la que he caído. El problema es que sigo siendo el mismo enclenque que se desploma de su triciclo azul. Pero ya no es la rodilla la que me sangra.
Creo que debo hacer lo mismo que hace casi 20 años. Volver a montar mi triciclo azul. Sin pena ni tristeza. Sin lágrimas. Sintiendo más bien, una decepción. Esa que sientes al no ser capaz de hacer algo bien. Lo que antes salía perfecto, ahora, inexplicablemente está errado.
Me paré del suelo, limpié mi rodilla de la sangre mezclada con tierra y volví a montar mi triciclo.
Eran buenos tiempos. La playa le venía bien al color de mi piel, luego de vivir ahí 7 hermosos años, de golpe, mi padre nos llevó a vivir a un pueblo del interior que no tenía ni río. Fue horrible. Perder a los amigos, a las niñas que te gustan, los aromas, las calles, las frases, todo de golpe. Eso es imperdonable.
Pasé 6 largos y aburridos años en ese pueblito, sin cines ni videoclubes, con bibliotecas para la vergüenza ajena y sin disquerías. Luego fui a caer a un caserío en las afueras de Chillán. A la casa de mis abuelos. Heredada por mi padre y a la que nos fuimos a vivir cuando murieron mis tatas. Un nuevo golpe a mi vida social. Ahí me rendí. Renuncié a todo contacto con la "gente nueva". Ya me tenía harto partir de cero.
Pero la soledad es mala consejera. Hice amigos en el colegio, en la enseñanza media. Aún los conservo. Son buenas personas los chillanejos.
Nuevamente mi vida cambió de golpe al irme a vivir solo a Concepción. Fueron años maravillosos. Los 5 mejores de mi vida. Casi todo lo que soy se lo debo a Conce. Encontré mi estilo, mi voz propia, mis lugares, mis amores, mi equipo de fútbol. Esa ciudad llena de mística, terminó siendo "mi ciudad".
Pero vendrían más golpes, tal vez los más duros. Llegué a Santiago.La peor ciudad en la que he caído. El problema es que sigo siendo el mismo enclenque que se desploma de su triciclo azul. Pero ya no es la rodilla la que me sangra.
Creo que debo hacer lo mismo que hace casi 20 años. Volver a montar mi triciclo azul. Sin pena ni tristeza. Sin lágrimas. Sintiendo más bien, una decepción. Esa que sientes al no ser capaz de hacer algo bien. Lo que antes salía perfecto, ahora, inexplicablemente está errado.
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